Por meses, el aeropuerto Alfonso López Pumarejo se convirtió en un lugar de ecos y quietud. Las aeronaves de Avianca, inmóviles y cubiertas, parecían gigantes dormidos desde marzo de 2020, cuando la pandemia obligó a suspender operaciones.
El despertar llegó antes de lo previsto, y el nombre que lo impulsó fue Juan Cristancho, el ingeniero de mantenimiento que lideró una maniobra técnica impecable que permitió que los cielos de Valledupar se reabrieran con sorprendente rapidez y total seguridad.
Un trabajo contra el reloj
Mientras en otros aeropuertos la reactivación avanzaba a paso lento, en Valledupar cada hora contaba. Cristancho coordinó inspecciones estructurales minuciosas, pruebas de motores, revisión de sistemas, cambio de piezas clave y calibraciones al detalle. Nada se dejó al azar.
Más que devolver aviones al aire, el objetivo era reactivar la vida económica de la ciudad: volver a recibir turistas, reabrir hoteles, mover el comercio y devolver la confianza a empresarios y viajeros.
El impacto de un vuelo
Gracias a la precisión y la rapidez del equipo técnico, Avianca retomó antes de lo esperado su conexión con Bogotá con un vuelo diario. Poco después, la frecuencia aumentó a tres vuelos al día, y el tráfico aéreo alcanzó un 62,2 % de recuperación respecto a 2019.
La reactivación se sintió más allá de la pista: comercios en movimiento, hoteles con huéspedes y un repunte del turismo cultural y de eventos.
El legado de una operación precisa
La historia de la reapertura aérea de Valledupar no fue fruto de la casualidad, sino de la visión y el compromiso de un equipo liderado por un ingeniero que entendió que la técnica también escribe historias. Su liderazgo fue fundamental para la reactivación de vuelos en la capital del Cesar y con ello, aceleró la recuperación de toda una región.



